Siempre tengo la cabeza llena de sueños

Siempre tengo la cabeza llena de sueños.

Eso no es nada malo, supongo, si no fuera porque la mayoría de las veces me apartan de la realidad que me rodea. En concreto hay uno que siempre me persigue, es mi seña de identidad por así decirlo, es algo que se repite una y otra vez, de manera extraordinaria, va y vuelve como si se tratara de una marea interior y no deja ningún tipo de arena donde uno pueda refugiarse. Abarca todo, arrasa con todo, a veces arrastra y otras se expande. Y lo peor de todo es que no encuentro un motivo racional para dar una explicación convincente al hecho en cuestión.

Una infinidad de veces he sido tratado por diversos psiquiatras y mis respuestas siempre han sido las mismas cuando me realizan la misma insidiosa pregunta….¿por qué?

Mi respuesta no se hace esperar y siempre describo ese sueño de la misma manera, hecho que no hace otra cosa que refrendar una vez más la poca fe que tengo en tales doctores de la medicina ya que siguen sin entender por más que intento explicarles de una manera llana y concisa los pormenores que me atormentan un día sí y otro también.

¿Por qué un hombre está obligado a respirar cuando desea no seguir viviendo? ¿Qué ley natural, moral o social es tan injusta que no nos deja decidir a nosotros mismos?

Y peor aún, ¿por qué un hombre cuando desea seguir viviendo la naturaleza le priva del don de seguir respirando?

¿Qué mal cometen a la sociedad aquellos que quieren vivir en un sueño sin querer afrontar la realidad que les rodea? ¿Por qué esos que se llaman doctores son incapaces de entender que existen tipos de personas como yo que prefieren vivir en un sueño, el de no despertar nunca y hacerlo en total libertad? ¿Qué daño cometemos? ¿Acaso el mundo en el que se me exige vivir es mejor que el que propongo en mi sueño?

Es curioso, de pequeño me educaron para que pensara libremente, para que dijera lo que pienso, y por ello he sido enviado a un centro de salud mental. En mí época les llamábamos psiquiátricos para enfermos locos.

Intentan convencerme de que estoy enfermo, de que mi enfermedad es mala para la sociedad en la que vivimos, de que soy una persona que no he sabido adaptarme a los tiempos nuevos…. Esos tiempos, dicen ellos, en los que incluso para vivir hay que pedir permiso.

Yo prefiero vivir en mi sueño, aquel donde uno aporta a la sociedad en función de lo que gana, en función de lo que tiene, un sueño donde no hay políticos corruptos, ni ricos que intentan evadir su dinero a paraísos fiscales.

Tal vez tengan razón y deba estar encerrado, apartado de la sociedad, tal vez mi mal, como dicen ellos, sea contagioso y en cierta manera pueda contribuir sin pretenderlo a generar un desorden de naturaleza social con mi manera de pensar.

Tal vez todos debamos seguir durmiendo para que la sociedad avance hacia su propia destrucción.

Entonces, despiértenme, avísenme, quisiera estar lúcido para cuando llegue el momento.

Creo que todavía no les he contado cómo soy

Creo que todavía no les he contado cómo soy, y en ciertas ocasiones, sería hasta irrelevante compartir esa información con todos ustedes, pero considero necesario sincerarme en estos momentos tan extraños, para que entiendan, con total claridad, los últimos acontecimientos que han estado ocurriendo a mi alrededor y que me tienen, por decirlo de alguna manera no sólo confundido sino también asustado,  hasta tal punto que incluso todo aquello que resultaba banal en mi vida se está convirtiendo, por instantes, en algo tétrico, peligroso y desconcertante.

 

A veces, desear y conseguir lo que no es de uno, se puede convertir sin ser consciente, en un problema mayor que el simple hecho del deseo, pero la debilidad humana es así y yo reconozco, aunque tal vez, demasiado tarde, que no debí imitar ciertos comportamientos que erróneamente fui adquiriendo en una determinada etapa de mi vida y en la que nadie supo sabiamente corregirme.

 

Pero no quiero entrar en mayores divagaciones por hoy, el pasado es el pasado, es algo inmutable, sólo me queda aprender de él aunque el único motivo que encuentre, sea el de guardar las apariencias e intentar que todo continúe tal y como estaba al día  anterior a los hechos que les voy a relatar. A veces es mejor retroceder y no continuar con la farsa.

 

Todo empezó el día en el que fui a visitar la casa de un conocido, siempre alardeaba de las grandes cosas que había conseguido y las metas que había logrado en su vida. No hay peor persona que aquella que resulta ser engreída, egocéntrica y egoísta…., o tal vez sí.

 

En uno de los salones de la casa resplandecía un enorme espejo, un espejo de un metro ochenta de alto por uno treinta y cinco de ancho, imagínense, traten de imaginar por un momento y si son capaces de ello el carácter cómico, casi de fantochada en la que se iba a convertir aquella tarde.

 

Era como un espectáculo de circo, de lo más brillante, payasos no había, pero para eso ya estaba el dueño de la casa. Casi toda la tarde se la pasó mirándose impasible en el espejo, con  un orgullo fuera de lo común y la imagen que devolvía aquel cristal parecía tener vida propia, la luz que entraba por las ventanas reflejada en él, despedía una fuerza, una intensidad, que cualquier mortal que por un instante se viera reflejado, entendería que ese elemento quedaría mucho mejor en el salón de estar de su propia casa.

 

 

Y eso fue lo que hice.

 

Además de ser una persona egoísta y egocéntrica, también soy uno de los mayores envidiosos que ha dado este país. Si él podía tener un espejo así, yo lo tendría mayor,  no iba a ser menos.

 

Hablé con un cristalero de confianza y le rogué que me hiciera para mi recibidor un espejo como el que había visto en casa de aquel conocido, pero yo lo quería más grande, le pedí uno que tuviera dos metros de alto por uno y medio de ancho. Quería deleitarme con mi imagen cada vez que entrara y saliera de casa. Ya les dije en alguna ocasión anterior que yo soy un tipo normalito, de metro setenta, pero la envidia y el egoísmo no entienden de medidas.

 

Todavía recuerdo las noches anteriores al día que me lo trajeron. Unas veces me las pasaba en vela, otras me daba por llorar, no sé si de felicidad o por pena porque los trabajos se estaban retrasando, otras dormía y soñaba que el espejo ya estaba en casa y no hacía otra cosa en el sueño que mirarme una y otra vez en él, otras el sueño se convertía en una pesadilla ya que en mitad de él, el cristal del espejo se resquebrajaba y la imagen que despedía era grotesca, fea y tan abominable que me despertaba en mitad de la noche gritando como un loco, de puro horror.

 

La gente de a pie suele contar que el día más feliz de su vida fue el día en el que contrajeron matrimonio. ¡Valiente estupidez!, el día más feliz de mi vida fue el día en el que me trajeron aquel espléndido espejo, no les digo más.

 

Creo que hasta ese momento no había conocido el significado de la palabra felicidad, tal vez porque los envidiosos como yo, nunca estamos contentos por nada de lo que tenemos y siempre deseamos más, pero realmente aquel espejo reflejaba muy bien todo mi egoísmo personificado. Era genial mirarse ante él, con la posición bien erguida, arrogante, a veces sentía verdadera pasión por la figura reflejada, aquello se estaba convirtiendo en un deseo casi lascivo y maravilloso, poder disfrutar de mí a tamaño natural.

 

No les voy a aburrir contándoles cuántas horas me pasaba al día mirándome, no les voy a aburrir contándoles las noches de insomnio que pasé frente a él. Sólo les diré que las noches en las que el sueño me vencía, pasaba por el recibidor minutos antes para darme un beso de buenas noches y desearle a mi imagen felices sueños.

 

Si no me comprenden es que ustedes nunca han estado enamorados, pero en eso yo no les puedo ayudar.

 

Bien. El otro día me animé a salir con mis amigos de fiesta. Antes de salir de casa me quedé fascinado delante del espejo comprobando que estaba arrebatadoramente espléndido, empecé incluso a dudar de si aquella imagen que proyectaba el espejo fuera la mía, rayaba la perfección, como si de un adonis griego se tratara, aun así intenté no caer en la tentación de seguir mirándome y cerré la puerta de casa con doble llave, cosa que casi nunca hago, no fuera que en mi salida alguien entrara y tuviese la genial idea de mirarse en mi espejo o robara algo que no le perteneciera.

 

Volví de madrugada, bastante tarde la verdad, con unas copitas de más y de puro cansancio me fui a la habitación, estaba tan cansado que olvidé darme un beso de buenas noches frente al espejo, de hecho ni me miré cuando entré en casa, bajé las persianas de mi habitación y dormí como un tronco.

 

Al día siguiente, cuando desperté, era ya más bien tarde. Me levanté, entré en la cocina para prepararme el desayuno, oí un pequeño ruido que venía de la puerta de la calle, pero no le di mayor importancia. Seguí desayunando. Me aseé en el cuarto de baño, me duché…, no sé si volví a escuchar el mismo ruido, no estoy muy seguro, tal vez el agua de la ducha no me dejara oír con claridad.

 

Me sequé, me vestí y me fui hacia el comedor, y entonces ocurrió algo que nadie desearía comprobar, mientras pasaba no directamente por el recibidor creí ver el reflejo en el espejo de alguien que no era yo. No me asusté, pensé que todavía las copas de la noche anterior estaban nublando mi raciocinio, pero encendí la luz y me coloqué frente al cristal y comprobé, esta vez sí, que la imagen que se desprendía no correspondía con mi ser.

 

Allí no quedaba más que reflejado un enorme hipócrita de metro setenta. Uno de esos hipócritas con los que uno puede toparse como dos veces en toda su larga vida.

 

Había oído historias parecidas de gente bien, de personas con vidas tristes, monótonas,  de gente casada que de la noche a la mañana habían comprobado que se habían convertido en unos hipócritas de órdago y que no reconocían que lo eran, aunque yo creo que nacieron ya siendo así o que por lo menos la gente ya los reconocía como tal, aunque ellos no lo supieran, pero esto era distinto ya que ahora se estaba tratando de mí.

 

¡Qué quieren que les diga! La idea de mirarme de nuevo y ver a aquel tremendo hipócrita en el recibidor de mi casa no me hacía ninguna gracia. Imagínense cuando entraran las visitas acompañadas por mí, comprobarían qué tipo de persona era la que estaban visitando. Como comprenderán, yo no podía permitir aquello.

 

No sé si la solución que he tomado ha sido la más correcta, pero no va conmigo el retroceder en nada de lo que hago, así que me he permitido la satisfacción y el regodeo de continuar con esta farsa. Les comento.

 

He tapado el gran espejo del recibidor con una de las sábanas que antes empleaba para la cama. Ahora tendré que dormir encima del edredón, pero por lo menos no tendré que ver nuevamente al hipócrita en mi casa. Con el resto de espejos de la casa, pues los he ido ocultando inteligentemente en los interiores de los armarios, no vaya a ser, ya sé que no, pero, ¿quién no les dice a ustedes que un día mientras estoy afeitándome frente al espejo del baño es otra cara la que se refleja y no la mía? Es mejor, por si acaso, ocultarlos todos.

 

Sé que algunos de ustedes no creerán nada de lo que les he contado, pero sigan mi consejo, eliminen, quemen, desháganse de una manera o de otra, de todos los espejos, cristales o baratijas similares que rodeen su vida. Es mejor que sus mujeres no se maquillen o que se peinen, a que descubran que están conviviendo con un enorme hipócrita de tamaño natural.

 

Que pasen un buen día.

 

Les voy a contar un secreto

Les voy a contar un secreto.

Les voy a contar un secreto.  Permítanme, en primer lugar, decirles a ustedes que son un público fantástico y unos lectores maravillosos, de no ser así, no lo diría, pero francamente, todos aquellos que me escuchan y me leen no pueden estar equivocados, así lo creo yo.

El simple hecho de haber comprado este libro, de haber abierto esta página y de concederme unos minutos de su tiempo, bien merece que por mi parte les revele algo íntimo de mí, algún secreto que hasta ahora no me he atrevido a contar a nadie. Cuento de antemano con su prudencia y me reconfortaría comprobar que son capaces de no compartirlo con nadie.

Por el contrario, les diré que yo nunca he sido una persona en la que se haya podido confiar. Cuando fulanito o menganito me venían y me contaban algo que no querían que se supiese, a mí me faltaba tiempo para telefonear a mi vecina y venderme por un simple café, lo contaba todo, no me dejaba nada, ni siquiera una maldita coma. Siempre acababa diciendo lo mismo: “Ahora que tú lo sabes, me siento un poco mejor, no podía soportar no poder decírselo a alguien”.

Esto me recuerda a mi abuela y el corral que tenía. Cuando era pequeño, pasaba largos veranos en el pueblo, en casa de mis abuelos maternos. Recuerdo que había un corral con gallinas debajo de la casa. Mi abuela me tenía prohibido bajar mucho por allí, pero yo a la mínima ocasión me escapaba y me las ingeniaba para jugar con las gallinas. Bueno, jugar a mi manera, claro está. Correteaba detrás de ellas e incluso alguna, si he de ser franco, más de una se llevaba alguna patada que le propinaba simplemente porque me apetecía. Luego, mi abuela que era una mujer bastante lista notaba que la producción en la puesta de huevos por parte de mis amigas de juegos había bajado considerablemente y me preguntaba si las hacía correr o algo similar. Yo callaba como era normal y simplemente ponía cara de niño bueno, abría todo lo posible mis ojos y le lanzaba una mirada tierna, una mirada de esas que cuando eres mayor pierdes, porque incluso tu mirada te delata cuando creces y cometes alguna fechoría, bueno pues ponía esa mirada que les he relatado antes y mi abuela me premiaba con un pedazo de pan y unas onzas de chocolate puro. Jo, mi abuela era una abuela genial.

Después de merendar, salía a la calle a jugar con los demás niños del pueblo y cuando iba cayendo la tarde y la noche se desperezaba, antes de despedirnos hasta el día siguiente yo me acercaba a la nieta de la vecina de mi abuela y le confesaba mis aventuras con las gallinas y acababa diciéndole: “Ahora que tú lo sabes, me siento un poco mejor, no podía soportar no poder contárselo a alguien”.

Perdonen por esta disquisición temporal, yo había venido aquí para contarles un secreto, un secreto de esos por el que te pueden detener e incluso condenar, pero el tiempo y el papel se me está acabando, así que el secreto tendrá que esperar un poco más para ser revelado. Que pasen una feliz tarde.

Allende (Para matar al hombre de la paz)

El próximo 11 de Septiembre se cumplirá el trigésimo sexto aniversario de la muerte del presidente  Salvador Allende tras producirse un golpe de estado en Chile y un ataque del ejército contra la residencia presidencial en el Palacio de la Moneda. Aquel golpe de estado  produjo unas consecuencias devastadoras para la gran mayoría del pueblo chileno abriendo un período negro y oscuro dentro de la historia de Chile. Miles de personas desaparecidas, miles de personas torturadas y ejecutadas, miles de sueños truncados y libertades robadas a golpe de fusil que tuvieron que esperar más de 25 años para que de nuevo pudieran ser escuchadas en libertad.

Sirva este pequeño blog para recordar a todas aquellas personas que lucharon en favor de la libertad ya que ésta es el mayor don que puede atesorar el ser humano.

Y como éste es un blog literario no quiero dejar pasar la oportunidad de dejaros aquí un poema del gran poeta uruguayo Mario Benedetti dedicado a Salvador Allende. Este poema se titula “Allende” (Para matar al hombre de la paz). Os dejo además del poema, una versión recitada por el propio poeta y musicada y cantada por Daniel Viglietti. Toda una delicia. Espero que lo disfrutéis.

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Allende (Para matar al hombre de la paz)

Para matar al hombre de la paz
para golpear su frente limpia de pesadillas
tuvieron que convertirse en pesadilla
para vencer al hombre de la paz
tuvieron que congregar todos los odios
y ademas los aviones y los tanques
para batir al hombre de la paz
tuvieron que bombardearlo hacerlo llama
porque el hombre de la paz era una fortaleza

para matar al hombre de la paz
tuvieron que desatar la guerra turbia
para vencer al hombre de la paz
y acallar su voz modesta y taladrante
tuvieron que empujar el terror hasta el abismo
y matar más para seguir matando
para batir al hombre de la paz
tuvieron que asesinarlo muchas veces
porque el hombre de la paz era una fortaleza

para matar al hombre de la paz
tuvieron que imaginar que era una tropa
una armada una hueste una brigada
tuvieron que creer que era otro ejército
pero el hombre de la paz era tan sólo un pueblo
y tenía en sus manos un fusil y un mandato
y eran necesarios más tanques más rencores
más bombas más aviones más oprobios
porque el hombre del paz era una fortaleza

para matar al hombre de la paz
para golpear su frente limpia de pesadillas
tuvieron que convertirse en pesadilla
para vencer al hombre de la paz
tuvieron que afiliarse para siempre a la muerte
matar y matar más para seguir matando
y condenarse a la blindada soledad
para matar al hombre que era un pueblo
tuvieron que quedarse sin el pueblo

Vientos del Exilio

(Mario Benedetti)

Desde la calma de tus actos

Desde la calma de tus actos

“Me ha parecido verte,

pero no eras tú.”

Con la mirada errante y el paso adormecido,

reptando entre una bruma de almas desconocidas,

deambula y ladea la querida prudencia tu gesto incrédulo,

mientras que pareces no hallar algo que has perdido.

 

Desde la calma de tus actos,

algunos trenes de la estación han partido

con pasajeros sin nombre ni apellidos,

 

¿qué nos importa si sus maletas

huyen, saltan, corren, de un vagón a otro

buscando la aventura del ruido de otros tacones?

 

Tal vez hayan comenzado su expiación

hacia la senda de los elefantes dormidos.

“Me ha parecido verte,

pero no eras tú.”

Y comienza tu recorrido hacia el retorno de un encuentro,

aquél que dejaste apoyado sobre un cenicero, bajo un sol de junio,

ése que prefirió sentarse en los bancos interiores de madera,

éste que se sumergió y se entregó a la lectura de algunos versos

del maestro recién desaparecido “El amor, las mujeres y la vida”.

 

Y ya ocupa el asiento que me acompaña, la querida prudencia

que ladea y deambula tu gesto ahora ya aliviado,

y tus primeras palabras tras acariciarme la mano fueron:

“Estabas aquí.”

Y luego agregaste con sorpresa en el tono:

 

“Me ha parecido verte,

pero no eras tú,……

y estabas aquí”

Hagamos un trato

El pasado 17 de mayo nos abandonó nuestro querido poeta uruguayo Mario Benedetti y no quiero dejar pasar la oportunidad desde este modesto blog de ensalzar tanto su obra como su espíritu siempre combativo en favor de l0s más desfavorecidos. Exiliado de su país durante 10 largos años por motivos políticos pudimos disfrutar por algunos momentos de su estancia en España.

De su gran obra poética querría dejaros este poema (Hagamos un trato) recitado por la propia voz del poeta y musicado y cantado por Joan Manuel Serrat.

Espero que lo disfrutéis

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Hagamos un trato

Cuando sientas tu herida sangrar
cuando sientas tu voz sollozar
cuenta conmigo

(de una canción de Carlos Puebla)
 
 Compañera
usted sabe
que puede contar
conmigo
no hasta dos
o hasta diez
sino contar
conmigo

si alguna vez
advierte
que la miro a los ojos
y una veta de amor
reconoce en los míos
no alerte sus fusiles
ni piense qué delirio
a pesar de la veta
o tal vez porque existe
usted puede contar
conmigo

si otras veces
me encuentra
huraño sin motivo
no piense qué flojera
igual puede contar
conmigo

pero hagamos un trato
yo quisiera contar
con usted
es tan lindo
saber que usted existe
uno se siente vivo
y cuando digo esto
quiero decir contar
aunque sea hasta dos
aunque sea hasta cinco
no ya para que acuda
presurosa en mi auxilio
sino para saber
a ciencia cierta
que usted sabe que puede
contar conmigo

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(Hasta siempre, querido y admirado profesor)

A pesar de la noche oscura

        A pesar de la noche oscura

 

A pesar de la noche oscura

se percibe en su cara mohína

tristes aromas de naftalina con fresa.

  

Ha arribado el color,

el color mermelada de la mañana

que penetra en su lecho vacío

que impregna a los vestidos raídos

y a las promesas pasadas.


La pastora se apoya en su cayado,

de sus manos crece néctar

y de su corazón emerge el aguijón de la abeja,

su ganado no pregunta

porqué sus lágrimas se mezclan

en la frescura que desprende el olor a prado.

  

Ellas sólo comen, balan

y a veces mascullan palabras

mientras unos recuerdos (de ella)

se pierden en abismos de un  tiempo lejano,

             y aparece un suspiro que va y vuelve,

acompañado de un eco extraño.

  

La tarde se disfraza de noche,

como si de carnaval se tratara,

se viste con estrellas en la solapa,

y sale el pueblo a la calle

para admirar a la pastora de cara mohína

y de tristes aromas de naftalina con fresa.