El Grito

                                                EL GRITO

Queridos lectores, desgraciadamente hoy no tengo demasiado tiempo para dedicarles, ando muy ocupado con la lavadora y otros quehaceres terrenales, prácticamente no puedo entretenerme en utilizar ingeniosas palabras para atraer la atención de todos ustedes, la encimera y los cajones de mi cocina están hechos una auténtica porquería y necesitan una mano urgente de agua, jabón y Dios sabe qué, sin embargo quisiera transmitirles una  de las historias más curiosas que en las últimas fechas han llamado mi atención.

Denme un minuto mientras dejo reblandeciéndose en el agua la mugre alojada en el almacén donde habitan las cucharas, cuchillos y tenedores. Gracias.

Les cuento.

La mujer de esta historia poseía un grito devastador, profundo, a veces místico, ciertamente revelador. Abría la boca, henchía las cuerdas vocales, exhalaba el aire y su aparato fonador comenzaba a vibrar.

Tenía su gracia verla gritar a sus hijos por la calle cuando cruzaban con el semáforo de peatones en rojo, o cuando iba al mercado y regateaba con los tenderos por los precios ofertados, o cuando su marido se retrasaba al llegar a casa porque le gustaba entretenerse demasiado hablando con la moradora del tercero A.

Los vecinos se enteraban de todos los chismes que sucedían en esa casa, se podría decir que estaban encantados con aquella situación, se enteraban de todos los cotilleos, secretos y medias verdades gracias a la habilidad innata que atesoraba esta mujer en su manera de expresarse.

Todo aquello desembocaba en los tan temidos chascarrillos, comentarios, confesiones, susurros de escalera que entre los habitantes del edificio se hacían y aparecían las medias sonrisas, la sorna, el pitorreo, la guasa y las bufonadas en aquellas caras bobaliconas, aburridas y tediosas del vecindario.

Pero poco le importaba a nuestra protagonista cuanto acontecía a su alrededor, y si se enteraba de la más mínima crítica hecha por el vecino de turno, allí que se dirigía ella con paso firme a casa del susodicho y le propinaba dos bramidos y un bufido que hacían temblar al rellano entero.

Una vez, un vendedor de seguros de vida al oírla quedó entre fascinado y embrujado ante lo que consideraba una obra maestra de la vocalización ruidosa y le preguntó cómo hacía ella para tener un grito tan limpio, tan inmaculado y duradero en el tiempo. Ella le contestó que posiblemente fuera debido a algo congénito ya que había nacido sin amígdalas como su madre. No había ningún obstáculo del aire entre su garganta y sus labios por lo que el grito gozaba de total libertad desde su creación.

Aquella idea de crear algo que otras personas pudieran considerarlo bello le hizo esforzarse y practicar más a menudo. Ciertamente el grito fue cambiando. Desterró de él toda idea de lamento o desconsideración cuando se lo dedicaba a su marido o a sus hijos. Creó varias gamas, tipos, tonalidades y formas según el motivo por el que gritar. A veces en un mismo grito se podía discernir toda la escala musical. Gritos en clave de sol, gritos en clave de fa, gritos con letras, gritos de grito, pero lo que más le gustaba era practicar la intensidad y duración en ellos. Inhalaba todo el aire posible que podían aguantar sus pulmones y lo libertaba poco a poco.

La repetición, el perfeccionamiento y la superación artística de berridos estaban convirtiendo la casa en una verdadera “casa” de grillos.

Poder disfrutar del placer de la tranquilidad se había convertido en una quimera, leer un libro era toda una aventura y visionar una película y enterarse del final sólo era posible en los pocos momentos en los que ella no estaba en la casa. Para el resto del tiempo había que llevar tapones en los oídos.

El marido y los niños habían descubierto un nuevo lenguaje a través de las miradas y a través de las manos. Conversaban entre miradas perdidas,  risueñas,  tristes,  cariñosas,  amables,  culpables. Los abrazos se repetían con mayor frecuencia, ahora eran abrazos férreos, mimosos, eternos. Era mejor mantenerse juntos, unidos y esperar a que la nueva moda de gritar que imperaba en la casa pasara con la misma celeridad con la que había llegado.

Sin embargo, no sucedió así. El hecho es que todo se complicó aún más.

No se sabe muy bien a qué fue debido, pero las chanzas, suposiciones, conjeturas y cábalas vecinales desembocaron en dos hipótesis.

Unos cuentan que ensayando con uno de sus gritos, éste se atoró, se embarrancó, se encasquilló. Se convirtió en un grito imperecedero, sin final, atemporal en el espacio, interminable en el tiempo. Era un grito hímnico, homérico, hercúleo…, el grito por definición.

Otros cuentan, la gran mayoría dice, que el grito surgió de otra manera, mucho más mundana, original y esperpéntica.

Vino de la luz. Si la luz puede crear vida, este alarido perenne verdaderamente había surgido de ella.

El grito había sido provocado por el disparatado precio de mercado de unos cuantos kilovatios traducidos en una factura provocativa propia de estafadores y sinvergüenzas, es decir, de un recibo de luz. La imagen de poner el grito en el cielo, por primera vez se hacía casi tangible, palpable.

Ahora era un grito cargado de frustración, de miseria, de marginalidad ciudadana, de engaño y ruindad política. Era más que un grito, era todo un desgarro, era un sentimiento de impotencia y de amargura, era un grito con conciencia social….., un clamor por definición.

Sea como fuere la mujer no pudo acabar el alarido y aquello sí se convirtió en un verdadero problema para la convivencia doméstica y del vecindario.

En un primer momento fue tratada por la medicina general, pero no se obtuvo ningún éxito, al contrario, cada vez que acudía a la consulta, lógicamente gritando, los demás enfermos huían despavoridos sin esperar al diagnóstico, así que después de aquellos primeros numeritos de feria tuvo que recibir atención médica domiciliaria.

Ningún galeno supo ayudarla más allá de derivarla al psicólogo. Las investigaciones en los estudios de nuevas enfermedades habían dejado de realizarse porque se decía que no había dinero para ello.

Desgraciadamente, nadie dijo nunca que los payasos sólo existieran y actuaran en los circos. Peligrosamente, el arco de actuación se había ampliado para una gran mayoría de semiprofesionales del sector de la carcajada, ahora bochornosa y fácil.

Si la medicina era incapaz de atajar el problema y ayudar a la enferma, la iglesia tampoco resultó de una gran ayuda ya que el prior tuvo que prohibirle la entrada los días de culto por montar escándalo. La misericordia para ella se convirtió en ese momento en una palabra carente de significado. Sólo doce letras presentadas en un determinado orden, y nada más.

Un amigo de la familia se enteró de todo el caso referido a la enferma y se le ocurrió una gran idea para llamar la atención de los medios informativos.

Con la excusa de cerrar una cuenta bancaria por solidaridad con los estafados por las participaciones preferentes se llevó a su amiga a una sucursal de Caja Madrid para que tuvieran que soportar en las dependencias los gritos infernales de la enferma. Ni qué decir tiene que a los diez minutos de estar allí se presentó la policía y los medios de comunicación quienes dieron buena cuenta en sus informativos de lo que estaba sucediendo en aquellas instalaciones.

La función tuvo tanto éxito y repercusión que se fue repitiendo casi a diario por distintas oficinas de la ciudad durante los siguientes tres meses, hasta que un  juez de carrera, tras recibir y atender algunas llamadas telefónicas de ciertos personajillos interesados y de dudosa moral acordó imponerle a la tenor en cuestión, una orden de alejamiento de no menos de 50 metros de distancia con respecto a cualquier sucursal de cualquier banco o caja que estuviera involucrada en los distintos saqueos o estafas en beneficio propio de la entidad y a costa del sudor de sus clientes.

El circo se había instalado en la justicia.

Se dice por ahí que al juez sólo le faltó al leer la sentencia, tocar la pandereta y arrojar un matasuegras en la cara del abogado defensor aunque no faltó algún gurú miope de la desinformación que no quiso dar veracidad a la noticia.

Para aquel entonces la deshollinadora de ruidos armónicos y tráqueas inflamadas se había convertido en un personaje de cierta relevancia social para un pequeño público que iba acrecentándose día tras día.

La labor del psicólogo no se limitaba sólo a no a resolver de raíz el problema, ni a elaborar distintos informes para el juez donde exponía que la enfermedad de la paciente era real y no una mascarada provocadora como relataba en sus sucesivas editoriales el miope desinformado, sino como buen psicólogo, intentaba que la doliente llevara una vida lo más natural posible y para ello iba abriéndole nuevos campos y metas donde ella pudiera realizarse como persona, al margen o no, de su condición de cotorra perpetua.

Corrió el rumor de que varios clubes de fútbol se habían puesto en contacto con ella, e incluso se llegó a decir que alguno de ellos había firmado un precontrato para patrocinar y animar al equipo en cuestión, pero parece ser que nada de aquello sucedió en realidad.

El peor día de toda aquella desconcertante etapa llegó la mañana en que se levantó algo congestionada. Pensó que tanto grito sempiterno le había destrozado el pabellón auditivo y que se había quedado sorda. No oía la potencia de su grito y temió que éste se hubiera extinguido. Había pasado tanto tiempo oyéndose que, cuando por un momento dejó de hacerlo, se asustó de tal manera que el pánico se apoderó de ella, y una especie de locura infame apareció sin ser invitada.

Tras el correspondiente estudio facultativo, la enferma se tranquilizó ya que los resultados de las distintas pruebas efectuadas determinaron que lo único que padecía era una pequeña afonía. El grito estaba vivo y fuera de peligro. En unos pocos días podría oírse de nuevo y disfrutar de aquella estridencia oral infinita. Se sintió aliviada. Se alegró al pensar que podría seguir compartiendo todo ese caudal grotesco e inagotable con el resto del mundo.

El resto del mundo………….y como si de una revelación mariana se tratase, una  idea comenzó a forjarse en su cerebro, compartir sus gritos en favor de los lacerados, llamar la atención sobre los abusos de los poderosos, gritar a la cara de los corruptos con los que se topara. En una palabra, poner sus bufidos al servicio de la tan castigada clase media.

Y a la señora no se le ha ocurrido otra cosa que la genial idea de inmortalizar su don actuando ante una cohorte selecta de hazmerreíres, fantoches, marionetas, títeres, muñecos, fantasmas, caricatos, polichinelas, clones, bufones, presuntuosos, saltimbanquis, faranduleros, mamarrachos, estantiguas, adefesios, tipejos y esperpentos.

Para ello sólo ha tenido que conseguir un escaño en el hemiciclo del Congreso, el antro donde existe hoy y más que nunca la más alta concentración de payasos sin gracia por metro circular.

Allí, entre correveidiles, corsarios, lenguaraces, alcahuetes, rufianes, enredadoras, cuentistas, gorrones, arrastrados, miserables, bucaneros, sabandijas, granujas, piratas, gusanos y algún que otro calpamulo ha tenido que competir con otros catedráticos del gritar sin decir nada, del hablar sin que nadie escuche, maestros del rugido, mentores del aullido, doctoras del balido e inconfundibles y excelentes gruñidores, pero ninguno de todos ellos ha conseguido eclipsar su arte gutural y mucho menos competir en longevidad fonadora, pues su grito todavía sigue inmarcesible y tan fresco como el primer día.

Sinceramente, creo que si los internaran a todos en un psiquiátrico y pusieran en su lugar a los insanos que están allí ninguno de nosotros notaríamos el cambio, pero simplemente es una opinión personal.

En fin, queridos lectores, debo dejarles. He de tender la ropa y me acabo de dar cuenta que he mezclado la ropa blanca con la de color. ¡Dios mío, qué estropicio! Debería ponerme a gritar y a jurar en hebreo, pero por si acaso no lo voy a hacer, no vaya a ser que me ocurra lo que a la mujer de la historia y acabe el resto de mis días confinado y rodeado de tan redomados hipócritas.

Que pasen un buen día.

El Otro

El Otro.

Ha comenzado a oscurecer rápidamente, sin ni siquiera darme cuenta de ello. El sol se ha ocultado sin previo aviso, sin darme ninguna señal de que podría hacerlo de una manera tan esquiva y mezquina….

Y ahora que anochece, parece que el tiempo se detiene cada vez que doblo por cualquier esquina. Observo las sombras de los pocos transeúntes que se van cruzando en mi camino, deambulan con sus cabezas agachadas y eso no es nada alentador. A ellos también les ha debido sorprender la rapidez con la que la noche ha hecho su presencia.

Será una noche larga, lo presiento. Tal vez debiera prepararme por si ocurriera lo inevitable. Sé que es algo improbable, no soy el único que se encuentra a merced de El otro, pero eso no me consuela en lo más mínimo.

Sí; ya sé que debería haber procedido de una manera más racional, con más cautela y no haber salido de casa, pero no sé por qué una extraña sensación de protagonismo se ha apoderado de mí y aquí me ven ustedes, en plena noche, recorriendo las oscuras calles de esta ciudad. Ahora ya no hay remedio para eso y de poco vale que me arrepienta de mis irresponsables actos. A veces me dejo llevar por ciertos impulsos inapropiados. ¡Ah, qué estúpido he sido!

Bueno, de poco sirve lamentarse ya, ¿no creen?

Intento aligerar mi paso ya no tan firme, pero mis pies no me obedecen como yo quisiera y tampoco quiero llamar la atención. El otro podría estar tan cerca de mí como yo de él y eso atemoriza hasta al hombre más valiente o envalentona hasta al más cobarde…., nunca se sabe.

Es curioso cómo uno agudiza el oído en estas situaciones. Ahora camino como el resto de los desdichados transeúntes, tomando mis propias precauciones, no levantando la mirada, con la cabeza tan agachada como me es posible. A merced de dicho sentido intento escuchar todo tipo de sonidos que me aporten cualquier tipo de información, toda percepción es poca.

A pocos metros de mí puedo sentir cómo una pareja se va acercando poco a poco hacia mi posición, les delatan, a ella unos zapatos de tacón alto, a uno de ellos les falta la tapa y el sonido entre ambos pasos es desigual, un sonido sordo, otro sonoro, mientras que él camina sobre un par de botas camperas. Ese sonido es bastante familiar para mí ya que durante los últimos seis años mis pies no se han calzado de otra manera.

Hasta lo que yo sé, El otro nunca ha actuado en pareja, pero como ustedes comprenderán no voy a correr el riesgo de descubrir que tal posibilidad exista. No sé hacia dónde dirigir mis pasos, pero tengo claro que debo dejar la posición que ocupo. Extrañamente la pareja se ha parado en seco en el mismo momento en el que he comenzado a caminar y un grito femenino y desgarrador se ha producido en mi tercer paso. Creo que la mujer de los tacones altos y desiguales se ha desmayado creyendo que yo podría ser El otro, pero como supondrán ustedes no me voy a quedar en la escena para comprobarlo.

Es difícil mantener un rumbo decidido y dirigirse a un sitio en concreto mirando una y otra vez al suelo, pero levantar la cabeza puede significar mi propia destrucción, la muerte, o el conocimiento y no estoy dispuesto a que eso pueda ocurrirme hoy.

No sé si ustedes estarán de acuerdo conmigo o no, la verdad sea dicha, me importa poco lo que ustedes puedan pensar al respecto, pero temo mucho más al conocimiento que a la muerte. Siempre he pensado que uno es más feliz en su vida si desconoce ciertas cosas, tanto de uno mismo como de la realidad que le rodea. ¡Bendita seas, ignorancia!

Es posible que la ignorancia mate, pero matan tantas cosas en la vida que a veces es mejor no saber y vivir en la eterna ignorancia. Créanme. Se es más feliz. Sé de lo que les hablo.

Por otra parte, temer a la muerte es de necios, ya que ese boleto todos lo tenemos comprado desde el momento en que nacemos, por tanto, no debemos preocuparnos por ello. Cuando llegue el momento la conoceremos y nos liberará tanto de la ignorancia como del conocimiento.

Resulta extraño que mi mente se haya puesto a divagar mientras el peligro acecha, debería centrarme más en lo que ocurre a mi alrededor. El otro debe deambular más o menos por las mismas calles por las que yo transito.

Intentaré nuevamente agudizar el oído.

Algo suena en la lejanía, es un sonido como de metal que se va acercando, poco a poco, es un sonido interrumpido……..…, en efecto, ahora lo veo, es una lata golpeada una y otra vez por un niño con el pie. Las calles permanecen en silencio y esa lata es lo único que se oye en esta parte de la ciudad. Intento avisar al crío, le grito que se refugie, pero está tan absorto jugando con la lata que ni me oye, ni me ve, y tal como apareció, desaparece.

Es curioso comprobar cómo el miedo se ha apoderado de la ciudad y ese niño se divierte sin saber el peligro que corre. Es la bendita ignorancia la que le hace disfrutar de un momento así, ¿no creen?

Los minutos se van desgranando uno a uno por mi reloj sin que pase nada notorio de ser relatado. Creo que me dirigiré hacia casa. Ya he tenido suficiente adrenalina por hoy, sin embargo un último acto de piedad se presenta ante mí.

Sólo estoy a unas pocas manzanas de mi casa, pero si mis ojos no me engañan al fondo de la calle hay una persona tumbada en la acera. Mientras me voy acercando comienzo a distinguir una botella de alcohol en su mano. Es un borracho, en efecto. Mi sentido del deber me lleva a acercarme a él e intentar ayudarlo, creo que estaría más seguro refugiado en uno de los patios del vecindario.

Le apesta el aliento a whisky barato, pero no voy a dejarlo ahí. No sé quién es, no lo conozco en absoluto, pero debo ayudarlo. Lleva una buena trompa encima, se le nota, casi no puede abrir los ojos, sin embargo, en el mismo momento en el que siente mi mano tras su espalda, gira su ladeada cabeza hacia mí y abre los ojos.

  • “Tú”- balbucea- “Eres tú, eres el otro”

Son palabras de un borracho, pero no sé por qué, comienzo a correr, mientras él sacando fuerzas de no sé dónde emula un grito que le sale de las entrañas.

“El otro, es el otro”- repite una y otra vez.

La noche se convierte de repente en claridad, las luces de las ventanas se encienden acompasadas una a una, y esta parte de la ciudad ha dejado de ser un camino de sombras.

Ahora ya no deambulo solo, la reciente duda me acompaña y comienzo a atormentarme.

Por fin llego a casa, pero mi mente no puede olvidar esa mirada de miedo de la que ha sido testigo hace unos minutos. Y entonces es cuando comienzo a temblar y siento cómo un sudor frío se va expandiendo sin cesar por todo este otro cuerpo.

Frases como “ya no me quieres”, “no eres como antes” “te has convertido en otra persona” aparecen agolpadas frente al vestíbulo. Y mientras soporto estoicamente la misma melodía repetitiva comienzo a entender que yo soy El otro, ese otro al que tanto he temido.

Y todo comienza a tener sentido. Es el asqueroso conocimiento de las cosas.

Les diré, queridos lectores, que no soy el único, que la vida está llena de otros y de otras iguales a mí, que un día dejaron de querer, de amar, y de corresponder a sus parejas y muchas de ellas todavía no lo saben. Sólo la estupidez les ciega la evidencia. ¡Vayan con cuidado!

Que pasen un buen día.

Siempre tengo la cabeza llena de sueños

Siempre tengo la cabeza llena de sueños.

Eso no es nada malo, supongo, si no fuera porque la mayoría de las veces me apartan de la realidad que me rodea. En concreto hay uno que siempre me persigue, es mi seña de identidad por así decirlo, es algo que se repite una y otra vez, de manera extraordinaria, va y vuelve como si se tratara de una marea interior y no deja ningún tipo de arena donde uno pueda refugiarse. Abarca todo, arrasa con todo, a veces arrastra y otras se expande. Y lo peor de todo es que no encuentro un motivo racional para dar una explicación convincente al hecho en cuestión.

Una infinidad de veces he sido tratado por diversos psiquiatras y mis respuestas siempre han sido las mismas cuando me realizan la misma insidiosa pregunta….¿por qué?

Mi respuesta no se hace esperar y siempre describo ese sueño de la misma manera, hecho que no hace otra cosa que refrendar una vez más la poca fe que tengo en tales doctores de la medicina ya que siguen sin entender por más que intento explicarles de una manera llana y concisa los pormenores que me atormentan un día sí y otro también.

¿Por qué un hombre está obligado a respirar cuando desea no seguir viviendo? ¿Qué ley natural, moral o social es tan injusta que no nos deja decidir a nosotros mismos?

Y peor aún, ¿por qué un hombre cuando desea seguir viviendo la naturaleza le priva del don de seguir respirando?

¿Qué mal cometen a la sociedad aquellos que quieren vivir en un sueño sin querer afrontar la realidad que les rodea? ¿Por qué esos que se llaman doctores son incapaces de entender que existen tipos de personas como yo que prefieren vivir en un sueño, el de no despertar nunca y hacerlo en total libertad? ¿Qué daño cometemos? ¿Acaso el mundo en el que se me exige vivir es mejor que el que propongo en mi sueño?

Es curioso, de pequeño me educaron para que pensara libremente, para que dijera lo que pienso, y por ello he sido enviado a un centro de salud mental. En mí época les llamábamos psiquiátricos para enfermos locos.

Intentan convencerme de que estoy enfermo, de que mi enfermedad es mala para la sociedad en la que vivimos, de que soy una persona que no he sabido adaptarme a los tiempos nuevos…. Esos tiempos, dicen ellos, en los que incluso para vivir hay que pedir permiso.

Yo prefiero vivir en mi sueño, aquel donde uno aporta a la sociedad en función de lo que gana, en función de lo que tiene, un sueño donde no hay políticos corruptos, ni ricos que intentan evadir su dinero a paraísos fiscales.

Tal vez tengan razón y deba estar encerrado, apartado de la sociedad, tal vez mi mal, como dicen ellos, sea contagioso y en cierta manera pueda contribuir sin pretenderlo a generar un desorden de naturaleza social con mi manera de pensar.

Tal vez todos debamos seguir durmiendo para que la sociedad avance hacia su propia destrucción.

Entonces, despiértenme, avísenme, quisiera estar lúcido para cuando llegue el momento.

Creo que todavía no les he contado cómo soy

Creo que todavía no les he contado cómo soy, y en ciertas ocasiones, sería hasta irrelevante compartir esa información con todos ustedes, pero considero necesario sincerarme en estos momentos tan extraños, para que entiendan, con total claridad, los últimos acontecimientos que han estado ocurriendo a mi alrededor y que me tienen, por decirlo de alguna manera no sólo confundido sino también asustado,  hasta tal punto que incluso todo aquello que resultaba banal en mi vida se está convirtiendo, por instantes, en algo tétrico, peligroso y desconcertante.

A veces, desear y conseguir lo que no es de uno, se puede convertir sin ser consciente, en un problema mayor que el simple hecho del deseo, pero la debilidad humana es así y yo reconozco, aunque tal vez, demasiado tarde, que no debí imitar ciertos comportamientos que erróneamente fui adquiriendo en una determinada etapa de mi vida y en la que nadie supo sabiamente corregirme.

Pero no quiero entrar en mayores divagaciones por hoy, el pasado es el pasado, es algo inmutable, sólo me queda aprender de él aunque el único motivo que encuentre, sea el de guardar las apariencias e intentar que todo continúe tal y como estaba al día  anterior a los hechos que les voy a relatar. A veces es mejor retroceder y no continuar con la farsa.

Todo empezó el día en el que fui a visitar la casa de un conocido, siempre alardeaba de las grandes cosas que había conseguido y las metas que había logrado en su vida. No hay peor persona que aquella que resulta ser engreída, egocéntrica y egoísta…., o tal vez sí.

En uno de los salones de la casa resplandecía un enorme espejo, un espejo de un metro ochenta de alto por uno treinta y cinco de ancho, imagínense, traten de imaginar por un momento y si son capaces de ello el carácter cómico, casi de fantochada en la que se iba a convertir aquella tarde.

Era como un espectáculo de circo, de lo más brillante, payasos no había, pero para eso ya estaba el dueño de la casa. Casi toda la tarde se la pasó mirándose impasible en el espejo, con  un orgullo fuera de lo común y la imagen que devolvía aquel cristal parecía tener vida propia, la luz que entraba por las ventanas reflejada en él, despedía una fuerza, una intensidad, que cualquier mortal que por un instante se viera reflejado, entendería que ese elemento quedaría mucho mejor en el salón de estar de su propia casa.

Y eso fue lo que hice.

Además de ser una persona egoísta y egocéntrica, también soy uno de los mayores envidiosos que ha dado este país. Si él podía tener un espejo así, yo lo tendría mayor,  no iba a ser menos.

Hablé con un cristalero de confianza y le rogué que me hiciera para mi recibidor un espejo como el que había visto en casa de aquel conocido, pero yo lo quería más grande, le pedí uno que tuviera dos metros de alto por uno y medio de ancho. Quería deleitarme con mi imagen cada vez que entrara y saliera de casa. Ya les dije en alguna ocasión anterior que yo soy un tipo normalito, de metro setenta, pero la envidia y el egoísmo no entienden de medidas.

Todavía recuerdo las noches anteriores al día que me lo trajeron. Unas veces me las pasaba en vela, otras me daba por llorar, no sé si de felicidad o por pena porque los trabajos se estaban retrasando, otras dormía y soñaba que el espejo ya estaba en casa y no hacía otra cosa en el sueño que mirarme una y otra vez en él, otras el sueño se convertía en una pesadilla ya que en mitad de él, el cristal del espejo se resquebrajaba y la imagen que despedía era grotesca, fea y tan abominable que me despertaba en mitad de la noche gritando como un loco, de puro horror.

La gente de a pie suele contar que el día más feliz de su vida fue el día en el que contrajeron matrimonio. ¡Valiente estupidez!, el día más feliz de mi vida fue el día en el que me trajeron aquel espléndido espejo, no les digo más.

Creo que hasta ese momento no había conocido el significado de la palabra felicidad, tal vez porque los envidiosos como yo, nunca estamos contentos por nada de lo que tenemos y siempre deseamos más, pero realmente aquel espejo reflejaba muy bien todo mi egoísmo personificado. Era genial mirarse ante él, con la posición bien erguida, arrogante, a veces sentía verdadera pasión por la figura reflejada, aquello se estaba convirtiendo en un deseo casi lascivo y maravilloso, poder disfrutar de mí a tamaño natural.

No les voy a aburrir contándoles cuántas horas me pasaba al día mirándome, no les voy a aburrir contándoles las noches de insomnio que pasé frente a él. Sólo les diré que las noches en las que el sueño me vencía, pasaba por el recibidor minutos antes para darme un beso de buenas noches y desearle a mi imagen felices sueños.

Si no me comprenden es que ustedes nunca han estado enamorados, pero en eso yo no les puedo ayudar.

Bien. El otro día me animé a salir con mis amigos de fiesta. Antes de salir de casa me quedé fascinado delante del espejo comprobando que estaba arrebatadoramente espléndido, empecé incluso a dudar de si aquella imagen que proyectaba el espejo fuera la mía, rayaba la perfección, como si de un adonis griego se tratara, aun así intenté no caer en la tentación de seguir mirándome y cerré la puerta de casa con doble llave, cosa que casi nunca hago, no fuera que en mi salida alguien entrara y tuviese la genial idea de mirarse en mi espejo o robara algo que no le perteneciera.

Volví de madrugada, bastante tarde la verdad, con unas copitas de más y de puro cansancio me fui a la habitación, estaba tan cansado que olvidé darme un beso de buenas noches frente al espejo, de hecho ni me miré cuando entré en casa, bajé las persianas de mi habitación y dormí como un tronco.

Al día siguiente, cuando desperté, era ya más bien tarde. Me levanté, entré en la cocina para prepararme el desayuno, oí un pequeño ruido que venía de la puerta de la calle, pero no le di mayor importancia. Seguí desayunando. Me aseé en el cuarto de baño, me duché…, no sé si volví a escuchar el mismo ruido, no estoy muy seguro, tal vez el agua de la ducha no me dejara oír con claridad.

Me sequé, me vestí y me fui hacia el comedor, y entonces ocurrió algo que nadie desearía comprobar, mientras pasaba no directamente por el recibidor creí ver el reflejo en el espejo de alguien que no era yo. No me asusté, pensé que todavía las copas de la noche anterior estaban nublando mi raciocinio, pero encendí la luz y me coloqué frente al cristal y comprobé, esta vez sí, que la imagen que se desprendía no correspondía con mi ser.

Allí no quedaba más que reflejado un enorme hipócrita de metro setenta. Uno de esos hipócritas con los que uno puede toparse como dos veces en toda su larga vida.

Había oído historias parecidas de gente bien, de personas con vidas tristes, monótonas,  de gente casada que de la noche a la mañana habían comprobado que se habían convertido en unos hipócritas de órdago y que no reconocían que lo eran, aunque yo creo que nacieron ya siendo así o que por lo menos la gente ya los reconocía como tal, aunque ellos no lo supieran, pero esto era distinto ya que ahora se estaba tratando de mí.

¡Qué quieren que les diga! La idea de mirarme de nuevo y ver a aquel tremendo hipócrita en el recibidor de mi casa no me hacía ninguna gracia. Imagínense cuando entraran las visitas acompañadas por mí, comprobarían qué tipo de persona era la que estaban visitando. Como comprenderán, yo no podía permitir aquello.

No sé si la solución que he tomado ha sido la más correcta, pero no va conmigo el retroceder en nada de lo que hago, así que me he permitido la satisfacción y el regodeo de continuar con esta farsa. Les comento.

He tapado el gran espejo del recibidor con una de las sábanas que antes empleaba para la cama. Ahora tendré que dormir encima del edredón, pero por lo menos no tendré que ver nuevamente a semejante desgraciado en mi casa. Con el resto de espejos de la casa, pues los he ido ocultando inteligentemente en los interiores de los armarios, no vaya a ser, ya sé que no, pero, ¿quién no les dice a ustedes que un día mientras estoy afeitándome frente al espejo del baño es otra cara la que se refleja y no la mía? Es mejor, por si acaso, ocultarlos todos.

Sé que algunos de ustedes no creerán nada de lo que les he contado, pero sigan mi consejo, eliminen, quemen, desháganse de una manera o de otra, de todos los espejos, cristales o baratijas similares que rodeen su vida. Es mejor que sus mujeres no se maquillen o que se peinen, a que descubran que están conviviendo con un enorme hipócrita de tamaño natural.

Que pasen un buen día.

Les voy a contar un secreto

Les voy a contar un secreto.

Les voy a contar un secreto.  Permítanme, en primer lugar, decirles a ustedes que son un público fantástico y unos lectores maravillosos, de no ser así, no lo diría, pero francamente, todos aquellos que me escuchan y me leen no pueden estar equivocados, así lo creo yo.

El simple hecho de haber comprado este libro, de haber abierto esta página y de concederme unos minutos de su tiempo, bien merece que por mi parte les revele algo íntimo de mí, algún secreto que hasta ahora no me he atrevido a contar a nadie. Cuento de antemano con su prudencia y me reconfortaría comprobar que son capaces de no compartirlo con nadie.

Por el contrario, les diré que yo nunca he sido una persona en la que se haya podido confiar. Cuando fulanito o menganito me venían y me contaban algo que no querían que se supiese, a mí me faltaba tiempo para telefonear a mi vecina y venderme por un simple café, lo contaba todo, no me dejaba nada, ni siquiera una maldita coma. Siempre acababa diciendo lo mismo: “Ahora que tú lo sabes, me siento un poco mejor, no podía soportar no poder decírselo a alguien”.

Esto me recuerda a mi abuela y el corral que tenía. Cuando era pequeño, pasaba largos veranos en el pueblo, en casa de mis abuelos maternos. Recuerdo que había un corral con gallinas debajo de la casa. Mi abuela me tenía prohibido bajar mucho por allí, pero yo a la mínima ocasión me escapaba y me las ingeniaba para jugar con las gallinas. Bueno, jugar a mi manera, claro está. Correteaba detrás de ellas e incluso alguna, si he de ser franco, más de una se llevaba alguna patada que le propinaba simplemente porque me apetecía. Luego, mi abuela que era una mujer bastante lista notaba que la producción en la puesta de huevos por parte de mis amigas de juegos había bajado considerablemente y me preguntaba si las hacía correr o algo similar. Yo callaba como era normal y simplemente ponía cara de niño bueno, abría todo lo posible mis ojos y le lanzaba una mirada tierna, una mirada de esas que cuando eres mayor pierdes, porque incluso tu mirada te delata cuando creces y cometes alguna fechoría, bueno pues ponía esa mirada que les he relatado antes y mi abuela me premiaba con un pedazo de pan y unas onzas de chocolate puro. Jo, mi abuela era una abuela genial.

Después de merendar, salía a la calle a jugar con los demás niños del pueblo y cuando iba cayendo la tarde y la noche se desperezaba, antes de despedirnos hasta el día siguiente yo me acercaba a la nieta de la vecina de mi abuela y le confesaba mis aventuras con las gallinas y acababa diciéndole: “Ahora que tú lo sabes, me siento un poco mejor, no podía soportar no poder contárselo a alguien”.

Perdonen por esta disquisición temporal, yo había venido aquí para contarles un secreto, un secreto de esos por el que te pueden detener e incluso condenar, pero el tiempo y el papel se me está acabando, así que el secreto tendrá que esperar un poco más para ser revelado. Que pasen una feliz tarde.

Allende (Para matar al hombre de la paz)

El próximo 11 de Septiembre se cumplirá el trigésimo sexto aniversario de la muerte del presidente  Salvador Allende tras producirse un golpe de estado en Chile y un ataque del ejército contra la residencia presidencial en el Palacio de la Moneda. Aquel golpe de estado  produjo unas consecuencias devastadoras para la gran mayoría del pueblo chileno abriendo un período negro y oscuro dentro de la historia de Chile. Miles de personas desaparecidas, miles de personas torturadas y ejecutadas, miles de sueños truncados y libertades robadas a golpe de fusil que tuvieron que esperar más de 25 años para que de nuevo pudieran ser escuchadas en libertad.

Sirva este pequeño blog para recordar a todas aquellas personas que lucharon en favor de la libertad ya que ésta es el mayor don que puede atesorar el ser humano.

Y como éste es un blog literario no quiero dejar pasar la oportunidad de dejaros aquí un poema del gran poeta uruguayo Mario Benedetti dedicado a Salvador Allende. Este poema se titula “Allende” (Para matar al hombre de la paz). Os dejo además del poema, una versión recitada por el propio poeta y musicada y cantada por Daniel Viglietti. Toda una delicia. Espero que lo disfrutéis.

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Allende (Para matar al hombre de la paz)

Para matar al hombre de la paz
para golpear su frente limpia de pesadillas
tuvieron que convertirse en pesadilla
para vencer al hombre de la paz
tuvieron que congregar todos los odios
y ademas los aviones y los tanques
para batir al hombre de la paz
tuvieron que bombardearlo hacerlo llama
porque el hombre de la paz era una fortaleza

para matar al hombre de la paz
tuvieron que desatar la guerra turbia
para vencer al hombre de la paz
y acallar su voz modesta y taladrante
tuvieron que empujar el terror hasta el abismo
y matar más para seguir matando
para batir al hombre de la paz
tuvieron que asesinarlo muchas veces
porque el hombre de la paz era una fortaleza

para matar al hombre de la paz
tuvieron que imaginar que era una tropa
una armada una hueste una brigada
tuvieron que creer que era otro ejército
pero el hombre de la paz era tan sólo un pueblo
y tenía en sus manos un fusil y un mandato
y eran necesarios más tanques más rencores
más bombas más aviones más oprobios
porque el hombre del paz era una fortaleza

para matar al hombre de la paz
para golpear su frente limpia de pesadillas
tuvieron que convertirse en pesadilla
para vencer al hombre de la paz
tuvieron que afiliarse para siempre a la muerte
matar y matar más para seguir matando
y condenarse a la blindada soledad
para matar al hombre que era un pueblo
tuvieron que quedarse sin el pueblo

Vientos del Exilio

(Mario Benedetti)

Desde la calma de tus actos

Desde la calma de tus actos

“Me ha parecido verte,

pero no eras tú.”

Con la mirada errante y el paso adormecido,

reptando entre una bruma de almas desconocidas,

deambula y ladea la querida prudencia tu gesto incrédulo,

mientras que pareces no hallar algo que has perdido.

 

Desde la calma de tus actos,

algunos trenes de la estación han partido

con pasajeros sin nombre ni apellidos,

 

¿qué nos importa si sus maletas

huyen, saltan, corren, de un vagón a otro

buscando la aventura del ruido de otros tacones?

 

Tal vez hayan comenzado su expiación

hacia la senda de los elefantes dormidos.

“Me ha parecido verte,

pero no eras tú.”

Y comienza tu recorrido hacia el retorno de un encuentro,

aquél que dejaste apoyado sobre un cenicero, bajo un sol de junio,

ése que prefirió sentarse en los bancos interiores de madera,

éste que se sumergió y se entregó a la lectura de algunos versos

del maestro recién desaparecido “El amor, las mujeres y la vida”.

 

Y ya ocupa el asiento que me acompaña, la querida prudencia

que ladea y deambula tu gesto ahora ya aliviado,

y tus primeras palabras tras acariciarme la mano fueron:

“Estabas aquí.”

Y luego agregaste con sorpresa en el tono:

 

“Me ha parecido verte,

pero no eras tú,……

y estabas aquí”