Carcajadas

Iba muy deprisa, un tanto despeinada

y sin paraguas, aunque no llovía.

De cara desencajada, el rímel se le había

extendido en demasía por sus ojos húmedos,

y el carmesí de sus labios la convertía,

le daba un cierto aire de payaso retirado del oficio.

Vestían sus pies, zapatos de tacón alto.

Una gran carrera estornudó

en sus medias de encaje.

Eran joyas de la miseria

la camisa manchada,

el cuello sucio,

y los botones rotos y desabrochados.

Un matrimonio se apeó de su Mercedes,

buscando restaurante para engordar

mientras la señora le hablaba al marido

con un tono irónico e injusto de la patética nueva moda

que se imponía en aquel verano.

La mujer de camisa manchada

y cara desencajada

seguía caminando sin rumbo fijo,

ahora ya la gente se reía a grandes carcajadas.

De pronto, súbitamente, un semáforo en rojo

y una comisaría abierta. Entró con una enloquecida angustia

y un torcido hilo de voz, logrando pronunciar:

¡Ayúdenme, me han violado!

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