Archivo mensual: abril 2011

Les voy a contar un secreto

Les voy a contar un secreto.

Les voy a contar un secreto.  Permítanme, en primer lugar, decirles a ustedes que son un público fantástico y unos lectores maravillosos, de no ser así, no lo diría, pero francamente, todos aquellos que me escuchan y me leen no pueden estar equivocados, así lo creo yo.

El simple hecho de haber comprado este libro, de haber abierto esta página y de concederme unos minutos de su tiempo, bien merece que por mi parte les revele algo íntimo de mí, algún secreto que hasta ahora no me he atrevido a contar a nadie. Cuento de antemano con su prudencia y me reconfortaría comprobar que son capaces de no compartirlo con nadie.

Por el contrario, les diré que yo nunca he sido una persona en la que se haya podido confiar. Cuando fulanito o menganito me venían y me contaban algo que no querían que se supiese, a mí me faltaba tiempo para telefonear a mi vecina y venderme por un simple café, lo contaba todo, no me dejaba nada, ni siquiera una maldita coma. Siempre acababa diciendo lo mismo: “Ahora que tú lo sabes, me siento un poco mejor, no podía soportar no poder decírselo a alguien”.

Esto me recuerda a mi abuela y el corral que tenía. Cuando era pequeño, pasaba largos veranos en el pueblo, en casa de mis abuelos maternos. Recuerdo que había un corral con gallinas debajo de la casa. Mi abuela me tenía prohibido bajar mucho por allí, pero yo a la mínima ocasión me escapaba y me las ingeniaba para jugar con las gallinas. Bueno, jugar a mi manera, claro está. Correteaba detrás de ellas e incluso alguna, si he de ser franco, más de una se llevaba alguna patada que le propinaba simplemente porque me apetecía. Luego, mi abuela que era una mujer bastante lista notaba que la producción en la puesta de huevos por parte de mis amigas de juegos había bajado considerablemente y me preguntaba si las hacía correr o algo similar. Yo callaba como era normal y simplemente ponía cara de niño bueno, abría todo lo posible mis ojos y le lanzaba una mirada tierna, una mirada de esas que cuando eres mayor pierdes, porque incluso tu mirada te delata cuando creces y cometes alguna fechoría, bueno pues ponía esa mirada que les he relatado antes y mi abuela me premiaba con un pedazo de pan y unas onzas de chocolate puro. Jo, mi abuela era una abuela genial.

Después de merendar, salía a la calle a jugar con los demás niños del pueblo y cuando iba cayendo la tarde y la noche se desperezaba, antes de despedirnos hasta el día siguiente yo me acercaba a la nieta de la vecina de mi abuela y le confesaba mis aventuras con las gallinas y acababa diciéndole: “Ahora que tú lo sabes, me siento un poco mejor, no podía soportar no poder contárselo a alguien”.

Perdonen por esta disquisición temporal, yo había venido aquí para contarles un secreto, un secreto de esos por el que te pueden detener e incluso condenar, pero el tiempo y el papel se me está acabando, así que el secreto tendrá que esperar un poco más para ser revelado. Que pasen una feliz tarde.