Archivo mensual: junio 2015

El Grito

                                                EL GRITO

Queridos lectores, desgraciadamente hoy no tengo demasiado tiempo para dedicarles, ando muy ocupado con la lavadora y otros quehaceres terrenales, prácticamente no puedo entretenerme en utilizar ingeniosas palabras para atraer la atención de todos ustedes, la encimera y los cajones de mi cocina están hechos una auténtica porquería y necesitan una mano urgente de agua, jabón y Dios sabe qué, sin embargo quisiera transmitirles una  de las historias más curiosas que en las últimas fechas han llamado mi atención.

Denme un minuto mientras dejo reblandeciéndose en el agua la mugre alojada en el almacén donde habitan las cucharas, cuchillos y tenedores. Gracias.

Les cuento.

La mujer de esta historia poseía un grito devastador, profundo, a veces místico, ciertamente revelador. Abría la boca, henchía las cuerdas vocales, exhalaba el aire y su aparato fonador comenzaba a vibrar.

Tenía su gracia verla gritar a sus hijos por la calle cuando cruzaban con el semáforo de peatones en rojo, o cuando iba al mercado y regateaba con los tenderos por los precios ofertados, o cuando su marido se retrasaba al llegar a casa porque le gustaba entretenerse demasiado hablando con la moradora del tercero A.

Los vecinos se enteraban de todos los chismes que sucedían en esa casa, se podría decir que estaban encantados con aquella situación, se enteraban de todos los cotilleos, secretos y medias verdades gracias a la habilidad innata que atesoraba esta mujer en su manera de expresarse.

Todo aquello desembocaba en los tan temidos chascarrillos, comentarios, confesiones, susurros de escalera que entre los habitantes del edificio se hacían y aparecían las medias sonrisas, la sorna, el pitorreo, la guasa y las bufonadas en aquellas caras bobaliconas, aburridas y tediosas del vecindario.

Pero poco le importaba a nuestra protagonista cuanto acontecía a su alrededor, y si se enteraba de la más mínima crítica hecha por el vecino de turno, allí que se dirigía ella con paso firme a casa del susodicho y le propinaba dos bramidos y un bufido que hacían temblar al rellano entero.

Una vez, un vendedor de seguros de vida al oírla quedó entre fascinado y embrujado ante lo que consideraba una obra maestra de la vocalización ruidosa y le preguntó cómo hacía ella para tener un grito tan limpio, tan inmaculado y duradero en el tiempo. Ella le contestó que posiblemente fuera debido a algo congénito ya que había nacido sin amígdalas como su madre. No había ningún obstáculo del aire entre su garganta y sus labios por lo que el grito gozaba de total libertad desde su creación.

Aquella idea de crear algo que otras personas pudieran considerarlo bello le hizo esforzarse y practicar más a menudo. Ciertamente el grito fue cambiando. Desterró de él toda idea de lamento o desconsideración cuando se lo dedicaba a su marido o a sus hijos. Creó varias gamas, tipos, tonalidades y formas según el motivo por el que gritar. A veces en un mismo grito se podía discernir toda la escala musical. Gritos en clave de sol, gritos en clave de fa, gritos con letras, gritos de grito, pero lo que más le gustaba era practicar la intensidad y duración en ellos. Inhalaba todo el aire posible que podían aguantar sus pulmones y lo libertaba poco a poco.

La repetición, el perfeccionamiento y la superación artística de berridos estaban convirtiendo la casa en una verdadera “casa” de grillos.

Poder disfrutar del placer de la tranquilidad se había convertido en una quimera, leer un libro era toda una aventura y visionar una película y enterarse del final sólo era posible en los pocos momentos en los que ella no estaba en la casa. Para el resto del tiempo había que llevar tapones en los oídos.

El marido y los niños habían descubierto un nuevo lenguaje a través de las miradas y a través de las manos. Conversaban entre miradas perdidas,  risueñas,  tristes,  cariñosas,  amables,  culpables. Los abrazos se repetían con mayor frecuencia, ahora eran abrazos férreos, mimosos, eternos. Era mejor mantenerse juntos, unidos y esperar a que la nueva moda de gritar que imperaba en la casa pasara con la misma celeridad con la que había llegado.

Sin embargo, no sucedió así. El hecho es que todo se complicó aún más.

No se sabe muy bien a qué fue debido, pero las chanzas, suposiciones, conjeturas y cábalas vecinales desembocaron en dos hipótesis.

Unos cuentan que ensayando con uno de sus gritos, éste se atoró, se embarrancó, se encasquilló. Se convirtió en un grito imperecedero, sin final, atemporal en el espacio, interminable en el tiempo. Era un grito hímnico, homérico, hercúleo…, el grito por definición.

Otros cuentan, la gran mayoría dice, que el grito surgió de otra manera, mucho más mundana, original y esperpéntica.

Vino de la luz. Si la luz puede crear vida, este alarido perenne verdaderamente había surgido de ella.

El grito había sido provocado por el disparatado precio de mercado de unos cuantos kilovatios traducidos en una factura provocativa propia de estafadores y sinvergüenzas, es decir, de un recibo de luz. La imagen de poner el grito en el cielo, por primera vez se hacía casi tangible, palpable.

Ahora era un grito cargado de frustración, de miseria, de marginalidad ciudadana, de engaño y ruindad política. Era más que un grito, era todo un desgarro, era un sentimiento de impotencia y de amargura, era un grito con conciencia social….., un clamor por definición.

Sea como fuere la mujer no pudo acabar el alarido y aquello sí se convirtió en un verdadero problema para la convivencia doméstica y del vecindario.

En un primer momento fue tratada por la medicina general, pero no se obtuvo ningún éxito, al contrario, cada vez que acudía a la consulta, lógicamente gritando, los demás enfermos huían despavoridos sin esperar al diagnóstico, así que después de aquellos primeros numeritos de feria tuvo que recibir atención médica domiciliaria.

Ningún galeno supo ayudarla más allá de derivarla al psicólogo. Las investigaciones en los estudios de nuevas enfermedades habían dejado de realizarse porque se decía que no había dinero para ello.

Desgraciadamente, nadie dijo nunca que los payasos sólo existieran y actuaran en los circos. Peligrosamente, el arco de actuación se había ampliado para una gran mayoría de semiprofesionales del sector de la carcajada, ahora bochornosa y fácil.

Si la medicina era incapaz de atajar el problema y ayudar a la enferma, la iglesia tampoco resultó de una gran ayuda ya que el prior tuvo que prohibirle la entrada los días de culto por montar escándalo. La misericordia para ella se convirtió en ese momento en una palabra carente de significado. Sólo doce letras presentadas en un determinado orden, y nada más.

Un amigo de la familia se enteró de todo el caso referido a la enferma y se le ocurrió una gran idea para llamar la atención de los medios informativos.

Con la excusa de cerrar una cuenta bancaria por solidaridad con los estafados por las participaciones preferentes se llevó a su amiga a una sucursal de Caja Madrid para que tuvieran que soportar en las dependencias los gritos infernales de la enferma. Ni qué decir tiene que a los diez minutos de estar allí se presentó la policía y los medios de comunicación quienes dieron buena cuenta en sus informativos de lo que estaba sucediendo en aquellas instalaciones.

La función tuvo tanto éxito y repercusión que se fue repitiendo casi a diario por distintas oficinas de la ciudad durante los siguientes tres meses, hasta que un  juez de carrera, tras recibir y atender algunas llamadas telefónicas de ciertos personajillos interesados y de dudosa moral acordó imponerle a la tenor en cuestión, una orden de alejamiento de no menos de 50 metros de distancia con respecto a cualquier sucursal de cualquier banco o caja que estuviera involucrada en los distintos saqueos o estafas en beneficio propio de la entidad y a costa del sudor de sus clientes.

El circo se había instalado en la justicia.

Se dice por ahí que al juez sólo le faltó al leer la sentencia, tocar la pandereta y arrojar un matasuegras en la cara del abogado defensor aunque no faltó algún gurú miope de la desinformación que no quiso dar veracidad a la noticia.

Para aquel entonces la deshollinadora de ruidos armónicos y tráqueas inflamadas se había convertido en un personaje de cierta relevancia social para un pequeño público que iba acrecentándose día tras día.

La labor del psicólogo no se limitaba sólo a no a resolver de raíz el problema, ni a elaborar distintos informes para el juez donde exponía que la enfermedad de la paciente era real y no una mascarada provocadora como relataba en sus sucesivas editoriales el miope desinformado, sino como buen psicólogo, intentaba que la doliente llevara una vida lo más natural posible y para ello iba abriéndole nuevos campos y metas donde ella pudiera realizarse como persona, al margen o no, de su condición de cotorra perpetua.

Corrió el rumor de que varios clubes de fútbol se habían puesto en contacto con ella, e incluso se llegó a decir que alguno de ellos había firmado un precontrato para patrocinar y animar al equipo en cuestión, pero parece ser que nada de aquello sucedió en realidad.

El peor día de toda aquella desconcertante etapa llegó la mañana en que se levantó algo congestionada. Pensó que tanto grito sempiterno le había destrozado el pabellón auditivo y que se había quedado sorda. No oía la potencia de su grito y temió que éste se hubiera extinguido. Había pasado tanto tiempo oyéndose que, cuando por un momento dejó de hacerlo, se asustó de tal manera que el pánico se apoderó de ella, y una especie de locura infame apareció sin ser invitada.

Tras el correspondiente estudio facultativo, la enferma se tranquilizó ya que los resultados de las distintas pruebas efectuadas determinaron que lo único que padecía era una pequeña afonía. El grito estaba vivo y fuera de peligro. En unos pocos días podría oírse de nuevo y disfrutar de aquella estridencia oral infinita. Se sintió aliviada. Se alegró al pensar que podría seguir compartiendo todo ese caudal grotesco e inagotable con el resto del mundo.

El resto del mundo………….y como si de una revelación mariana se tratase, una  idea comenzó a forjarse en su cerebro, compartir sus gritos en favor de los lacerados, llamar la atención sobre los abusos de los poderosos, gritar a la cara de los corruptos con los que se topara. En una palabra, poner sus bufidos al servicio de la tan castigada clase media.

Y a la señora no se le ha ocurrido otra cosa que la genial idea de inmortalizar su don actuando ante una cohorte selecta de hazmerreíres, fantoches, marionetas, títeres, muñecos, fantasmas, caricatos, polichinelas, clones, bufones, presuntuosos, saltimbanquis, faranduleros, mamarrachos, estantiguas, adefesios, tipejos y esperpentos.

Para ello sólo ha tenido que conseguir un escaño en el hemiciclo del Congreso, el antro donde existe hoy y más que nunca la más alta concentración de payasos sin gracia por metro circular.

Allí, entre correveidiles, corsarios, lenguaraces, alcahuetes, rufianes, enredadoras, cuentistas, gorrones, arrastrados, miserables, bucaneros, sabandijas, granujas, piratas, gusanos y algún que otro calpamulo ha tenido que competir con otros catedráticos del gritar sin decir nada, del hablar sin que nadie escuche, maestros del rugido, mentores del aullido, doctoras del balido e inconfundibles y excelentes gruñidores, pero ninguno de todos ellos ha conseguido eclipsar su arte gutural y mucho menos competir en longevidad fonadora, pues su grito todavía sigue inmarcesible y tan fresco como el primer día.

Sinceramente, creo que si los internaran a todos en un psiquiátrico y pusieran en su lugar a los insanos que están allí ninguno de nosotros notaríamos el cambio, pero simplemente es una opinión personal.

En fin, queridos lectores, debo dejarles. He de tender la ropa y me acabo de dar cuenta que he mezclado la ropa blanca con la de color. ¡Dios mío, qué estropicio! Debería ponerme a gritar y a jurar en hebreo, pero por si acaso no lo voy a hacer, no vaya a ser que me ocurra lo que a la mujer de la historia y acabe el resto de mis días confinado y rodeado de tan redomados hipócritas.

Que pasen un buen día.