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Creo que todavía no les he contado cómo soy

Creo que todavía no les he contado cómo soy, y en ciertas ocasiones, sería hasta irrelevante compartir esa información con todos ustedes, pero considero necesario sincerarme en estos momentos tan extraños, para que entiendan, con total claridad, los últimos acontecimientos que han estado ocurriendo a mi alrededor y que me tienen, por decirlo de alguna manera no sólo confundido sino también asustado,  hasta tal punto que incluso todo aquello que resultaba banal en mi vida se está convirtiendo, por instantes, en algo tétrico, peligroso y desconcertante.

A veces, desear y conseguir lo que no es de uno, se puede convertir sin ser consciente, en un problema mayor que el simple hecho del deseo, pero la debilidad humana es así y yo reconozco, aunque tal vez, demasiado tarde, que no debí imitar ciertos comportamientos que erróneamente fui adquiriendo en una determinada etapa de mi vida y en la que nadie supo sabiamente corregirme.

Pero no quiero entrar en mayores divagaciones por hoy, el pasado es el pasado, es algo inmutable, sólo me queda aprender de él aunque el único motivo que encuentre, sea el de guardar las apariencias e intentar que todo continúe tal y como estaba al día  anterior a los hechos que les voy a relatar. A veces es mejor retroceder y no continuar con la farsa.

Todo empezó el día en el que fui a visitar la casa de un conocido, siempre alardeaba de las grandes cosas que había conseguido y las metas que había logrado en su vida. No hay peor persona que aquella que resulta ser engreída, egocéntrica y egoísta…., o tal vez sí.

En uno de los salones de la casa resplandecía un enorme espejo, un espejo de un metro ochenta de alto por uno treinta y cinco de ancho, imagínense, traten de imaginar por un momento y si son capaces de ello el carácter cómico, casi de fantochada en la que se iba a convertir aquella tarde.

Era como un espectáculo de circo, de lo más brillante, payasos no había, pero para eso ya estaba el dueño de la casa. Casi toda la tarde se la pasó mirándose impasible en el espejo, con  un orgullo fuera de lo común y la imagen que devolvía aquel cristal parecía tener vida propia, la luz que entraba por las ventanas reflejada en él, despedía una fuerza, una intensidad, que cualquier mortal que por un instante se viera reflejado, entendería que ese elemento quedaría mucho mejor en el salón de estar de su propia casa.

Y eso fue lo que hice.

Además de ser una persona egoísta y egocéntrica, también soy uno de los mayores envidiosos que ha dado este país. Si él podía tener un espejo así, yo lo tendría mayor,  no iba a ser menos.

Hablé con un cristalero de confianza y le rogué que me hiciera para mi recibidor un espejo como el que había visto en casa de aquel conocido, pero yo lo quería más grande, le pedí uno que tuviera dos metros de alto por uno y medio de ancho. Quería deleitarme con mi imagen cada vez que entrara y saliera de casa. Ya les dije en alguna ocasión anterior que yo soy un tipo normalito, de metro setenta, pero la envidia y el egoísmo no entienden de medidas.

Todavía recuerdo las noches anteriores al día que me lo trajeron. Unas veces me las pasaba en vela, otras me daba por llorar, no sé si de felicidad o por pena porque los trabajos se estaban retrasando, otras dormía y soñaba que el espejo ya estaba en casa y no hacía otra cosa en el sueño que mirarme una y otra vez en él, otras el sueño se convertía en una pesadilla ya que en mitad de él, el cristal del espejo se resquebrajaba y la imagen que despedía era grotesca, fea y tan abominable que me despertaba en mitad de la noche gritando como un loco, de puro horror.

La gente de a pie suele contar que el día más feliz de su vida fue el día en el que contrajeron matrimonio. ¡Valiente estupidez!, el día más feliz de mi vida fue el día en el que me trajeron aquel espléndido espejo, no les digo más.

Creo que hasta ese momento no había conocido el significado de la palabra felicidad, tal vez porque los envidiosos como yo, nunca estamos contentos por nada de lo que tenemos y siempre deseamos más, pero realmente aquel espejo reflejaba muy bien todo mi egoísmo personificado. Era genial mirarse ante él, con la posición bien erguida, arrogante, a veces sentía verdadera pasión por la figura reflejada, aquello se estaba convirtiendo en un deseo casi lascivo y maravilloso, poder disfrutar de mí a tamaño natural.

No les voy a aburrir contándoles cuántas horas me pasaba al día mirándome, no les voy a aburrir contándoles las noches de insomnio que pasé frente a él. Sólo les diré que las noches en las que el sueño me vencía, pasaba por el recibidor minutos antes para darme un beso de buenas noches y desearle a mi imagen felices sueños.

Si no me comprenden es que ustedes nunca han estado enamorados, pero en eso yo no les puedo ayudar.

Bien. El otro día me animé a salir con mis amigos de fiesta. Antes de salir de casa me quedé fascinado delante del espejo comprobando que estaba arrebatadoramente espléndido, empecé incluso a dudar de si aquella imagen que proyectaba el espejo fuera la mía, rayaba la perfección, como si de un adonis griego se tratara, aun así intenté no caer en la tentación de seguir mirándome y cerré la puerta de casa con doble llave, cosa que casi nunca hago, no fuera que en mi salida alguien entrara y tuviese la genial idea de mirarse en mi espejo o robara algo que no le perteneciera.

Volví de madrugada, bastante tarde la verdad, con unas copitas de más y de puro cansancio me fui a la habitación, estaba tan cansado que olvidé darme un beso de buenas noches frente al espejo, de hecho ni me miré cuando entré en casa, bajé las persianas de mi habitación y dormí como un tronco.

Al día siguiente, cuando desperté, era ya más bien tarde. Me levanté, entré en la cocina para prepararme el desayuno, oí un pequeño ruido que venía de la puerta de la calle, pero no le di mayor importancia. Seguí desayunando. Me aseé en el cuarto de baño, me duché…, no sé si volví a escuchar el mismo ruido, no estoy muy seguro, tal vez el agua de la ducha no me dejara oír con claridad.

Me sequé, me vestí y me fui hacia el comedor, y entonces ocurrió algo que nadie desearía comprobar, mientras pasaba no directamente por el recibidor creí ver el reflejo en el espejo de alguien que no era yo. No me asusté, pensé que todavía las copas de la noche anterior estaban nublando mi raciocinio, pero encendí la luz y me coloqué frente al cristal y comprobé, esta vez sí, que la imagen que se desprendía no correspondía con mi ser.

Allí no quedaba más que reflejado un enorme hipócrita de metro setenta. Uno de esos hipócritas con los que uno puede toparse como dos veces en toda su larga vida.

Había oído historias parecidas de gente bien, de personas con vidas tristes, monótonas,  de gente casada que de la noche a la mañana habían comprobado que se habían convertido en unos hipócritas de órdago y que no reconocían que lo eran, aunque yo creo que nacieron ya siendo así o que por lo menos la gente ya los reconocía como tal, aunque ellos no lo supieran, pero esto era distinto ya que ahora se estaba tratando de mí.

¡Qué quieren que les diga! La idea de mirarme de nuevo y ver a aquel tremendo hipócrita en el recibidor de mi casa no me hacía ninguna gracia. Imagínense cuando entraran las visitas acompañadas por mí, comprobarían qué tipo de persona era la que estaban visitando. Como comprenderán, yo no podía permitir aquello.

No sé si la solución que he tomado ha sido la más correcta, pero no va conmigo el retroceder en nada de lo que hago, así que me he permitido la satisfacción y el regodeo de continuar con esta farsa. Les comento.

He tapado el gran espejo del recibidor con una de las sábanas que antes empleaba para la cama. Ahora tendré que dormir encima del edredón, pero por lo menos no tendré que ver nuevamente a semejante desgraciado en mi casa. Con el resto de espejos de la casa, pues los he ido ocultando inteligentemente en los interiores de los armarios, no vaya a ser, ya sé que no, pero, ¿quién no les dice a ustedes que un día mientras estoy afeitándome frente al espejo del baño es otra cara la que se refleja y no la mía? Es mejor, por si acaso, ocultarlos todos.

Sé que algunos de ustedes no creerán nada de lo que les he contado, pero sigan mi consejo, eliminen, quemen, desháganse de una manera o de otra, de todos los espejos, cristales o baratijas similares que rodeen su vida. Es mejor que sus mujeres no se maquillen o que se peinen, a que descubran que están conviviendo con un enorme hipócrita de tamaño natural.

Que pasen un buen día.